El francés Claude Bataillon en
su agotado libro "Espacios mexicanos contemporáneos" (FCE, 1997)
analiza la evolución económica que intervino desde 1982, nuestro
nuevo modelo de desarrollo, el de la internacionalización de la
economía, en vez del crecimiento bajo a la protección del Estado.
Frente al reto de la reconvención y de la modernización industrial
y de la prioridad atribuida al sector exportador, el fomento y
la inversión pública en infraestructura se subordinan a la lógica
de la competencia internacional y al acceso al mercado estadunidense.
La inversión extranjera, dicta y define directa o indirectamente
las prioridades del desarrollo regional y la nueva ola de maquiladoras,
impone la densificación de la red de los constructores y contratistas
de la industria automotriz y la concentración de la industria
eléctrica, electrónica e informática.
Hacia 1987-1989, el flujo de la
inversión extranjera en México fue de unos tres mil millones de
dólares por año y en 1991-1994 de siete mil. Corresponde a la
apertura de la economía mexicana desde 1986, a la mayor flexibilidad
de la reglamentación sobre la inversión extranjera, así como a
las autorizaciones de inversión por capitalización de la deuda
externa. La apertura de algunas empresas públicas a la inversión
extranjera debe facilitar este movimiento, sobre todo en la química,
la rama farmacéutica, la petroquímica, las telecomunicaciones
y el turismo.
Las solidaridades locales binacionales
conducen a la definición de proyectos integradores: el corredor
industrial San Antonio-Monterrey puede prolongarse hacia el puerto
industrial de Tampico-Altamira. La dinámica del desarrollo fronterizo
en El Paso-Ciudad Juárez se vincula con el complejo militar-industrial
de Texas y Nuevo México. En el Pacífico, San Diego-Tijuana, se
vincula con el flujo masivo de la inversión japonesa. El Estado
mexicano sigue y respalda este movimiento con un programa de infraestructura
portuaria de autopistas, de modernización de los ferrocarriles
para consolidar ejes que enlazan los puertos con los polos industriales
y la frontera, como el de Guaymas hacia Hermosillo y Nogales,
el de Topolobampo hacia Chihuahua y Ciudad Juárez, o el de Manzanillo
hacia Guadalajara, Aguascalientes, Chihuahua y Ciudad Juárez.
En esta nueva figura, urbes como las mencionadas, se muestran
como los polos organizadores de un gran conjunto regional que
evita el centralismo del DF.
Conclusión de los señalamientos
de nuestro geógrafo francés es que al incorporar a México a las
corrientes del desarrollo mundial, se le hace partícipe de lo
que en él suceda, ya sea bonanza o ya sea crisis.