Los franceses llaman caminos
de fierro a los ferrocarriles, hermosa expresión que huele a historia.
En su agotado libro "Espacios mexicanos contemporáneos" (FCE, 1997)
Claude Bataillon analiza cómo nuestro territorio adquiere cuerpo
y acorta distancias gracias a la empresa ferroviaria. La originalidad
del ferrocarril mexicano, señala su ojo experimentado, es que no
parte del mar. Nace, ciertamente de la línea Veracruz-ciudad de
México, pero pronto se constituye como estrella alrededor de la
capital, en todo el centro de México, y desde la frontera de EUA,
con una serie de ramificaciones al México central.
En el porfiriato, el ferrocarril
interconecta las regiones pobladas del centro con las zonas despobladas,
con el DF y con EUA, vía Aguascalientes y San Luis Potosí. Salvo
las de las penínsulas y Chilpancingo, Gro. todas las capitales de
estatales están en la red. El de Mérida es independiente y sin interconexión
con el resto del país, a diferencia con la línea que cruza el Istmo
de Tehuantepec. Las del norte y noreste unen pronto al Bajío, pero
sobre todo forman a su vez una estrella en torno a Monterrey. El
noroeste se conecta a Guadalajara hasta 1927.
Así, dice Bataillon, "el espacio
del México moderno deja de lado el trópico húmedo mientras establece
sus relaciones privilegiadas con EUA. Desiguales, pero ineludibles
para ambos países. Al principio se importan los rieles y maquinaria
ferroviaria gracias a la naciente siderurgia estadunidense; luego,
a partir de 1900, el primer alto horno moderno de América Latina
se enciende en Monterrey, donde se establece un capitalismo original,
regionalmente arraigado. La red ferroviaria de 1910 pasa de moda
después de la Revolución." De entonces a la fecha se construyen
sólo 4 ramales: el de Nayarit, el de Tabasco-Yucatán, el de Chihuahua-Sinaloa
en 1961 y, por último, en Michoacán, la vía de uso industrial de
Lázaro Cárdenas a fines del decenio de 1970.
El México postrevolucionario
relega el ferrocarril. Tras la siderurgia, organiza una segunda
generación de actividades industriales a partir del petróleo: Éste
se explota para su venta. México importa autos, instala gasolinerías
y construye carreteras asfaltadas. El carburante barato conlleva
a su vez al uso y luego a la fabricación de vehículos. El parque
de camiones de carga y de autobuses es el doble del de Brasil, para
una superficie cuatro veces menor y una población de casi la mitad.
Luz
Ma. Silva