Desde 1998, la Unión Regional de
Apoyo Campesino (URAC) que encabeza Alfonso Castillo invita año
con año a un grupo de campesinos de Sarthe a la región de Tequisquiapan,
Querétaro, que ellos recorren con ánimo de aprender y contribuir
al desarrollo de los miembros de la Unión, mismos que, en plan de
intercambio, van a su vez a Francia. En esta ocasión, acompañada
de mi joven amiga Jacqueline Ortuño, entrevisté a un grupo de 6
franceses, en su paso por la ciudad de México, de regreso a su patria.
Grupo simpatiquísimo, traía consigo a Nina, una niñita de muy pocos
años. Enseñó a los campesinos mexicanos sus técnicas para prevenir
las enfermedades de los pollos.
La agricultura orgánica fue el centro
de la conversación. En Francia el 3% de la agricultura es biológica.
En México, se ignora el porcentaje. Ese sistema, nos explicaron,
protege la tierra, el aire, el agua y proporciona una alimentación
sana. Por ejemplo, regresa a las vacas a pastar en vez de hacerla
consumir harina, cuyos componentes se ignoran, forma de ganadería
que provocó en Europa el mal de la oveja loca, después el más conocido,
de la vaca loca, que finalmente se pasó al ser humano. Ellos sospechan
que existe en todo el orbe y les preocupa ver que en la zona visitada
las vacas comen harinas de componentes misteriosos mientras los
dueños venden la alfalfa que cultivan.
A los visitantes les llamó especialmente
la atención que sobre la diferencia de tamaño de las explotaciones
agropecuarias de Tequisquiapan (13 ó 14 has.) y las de Francia (90
has.), comparten problemas comunes: uso de productos químicos, alimentación
artificial de los animales, preocupación por rendimientos máximos,
no por la calidad de la producción ni por la tierra. En México hay
aún una práctica totalmente prohibida en el país del vino y el queso:
el dar de comer estiércol de gallina a los becerros. Desde la aparición
de la vaca loca, allá comen sólo hierba, pasto y cereales.
Por vez primera en la historia,
Francia subsidia el cultivo de pastos, aunque aún con menos dinero
que otros cultivos, como el maíz, cada vez más generalizado en Europa,
porque es una planta de alto rendimiento, sin desperdicio, aunque
están cometiendo el error de México: el monocultivo, que tanto empobrece
la tierra. Acá también se usan fertilizantes y pesticidas ya desaparecidos
de Europa porque al no ser absorbidos por la naturaleza, se los
come el ser humano y contaminan ríos y lagos, a donde los lleva
la lluvia.
La agricultura orgánica evita todos
estos males. De carácter preventivo, busca el equilibrio entre la
tierra y los animales, que cuando se enferman son curados con hierbas,
sulfuro, aceite y vinagre y té. Por su parte, las plantas son cultivadas
en asociación: maíz, frijol y calabaza, por ejemplo. Para ellos,
fue una sorpresa descubrir que esa técnica asociativa, que creían
recientemente inventada, tiene antigüedad milenaria y es de estas
tierras, no de las de allá. Es una de las mejores formas de practicar
la agricultura: la calabaza impide el crecimiento de la mala hierba,
el frijol toma el nitrógeno del aire y lo fija en la tierra, de
donde lo adquieren el maíz y la calabaza. Así, se vuelve innecesario
el uso de abonos químicos y como no tienen las mismas plagas, disminuye
el riesgo de enfermedades. Además, debido a la diferente profundidad
de las raíces, toman su alimento de distintos niveles. Un ejemplo
francés de cultivos de asociación es el de trigo guisante y avena.
Otro es la siembra de pastos de diferentes especies, con trébol,
que como el frijol y la alfalfa, absorbe y fija el nitrógeno en
la tierra.
Al fin, Jacqueline y yo supimos
qué son los transgénicos. Nos explicaron que se pierde en la noche
la historia la costumbre humana de hacer plantas híbridas, es decir,
de mezclar genes vegetales. Los transgénicos son modernos. Mezclan
genes animales en los vegetales para producir una planta resistente
a hierbicidas y plagicidas. De esta manera, cuando se fumigan los
campos, se mueren todas las hierbas, salvo los transgénicos. Tienen
dos inconvenientes: absorben los químicos, que comen los seres humanos,
y vuelven dependientes a los agricultores y campesinos, incapaces
de producir su propia semilla. Por lo general, las trasnacionales
producen transgénicos que sólo son resistentes a sus productos y
así se aseguran la venta de unos y otros.
Platicando de otras cosas, salió
que son globalifóbicos. Miembros de la Confédération Paysanne, me
sorprendió la tranquilidad de sus planteamientos. Estoy acostumbrada
a asociarlos con violencia, con manifestaciones como las que se
dieron en Génova, Italia. Me obsequiaron un ejemplar de su revista
mensual, "Campagnes Solidaires". Su dossier está dedicado a las
mujeres en la agricultura. La mayoría de los artículos aborda la
globalización y como "para que la cuña apriete debe de ser del mismo
palo", como decimos por acá, hablan de globalizar su lucha y tienen
su sitio Web: www.confederationpaysanne.fr
Luz
Ma. Silva