El complemento ideal del buen vivir,
de la buena presencia y de la política es la fotografía. Por eso,
no debe extrañarnos que naciera en Francia gracias a su inventor,
el químico Nicéforo Niepce (1766-1833), su primo Claudio Niepce
de Saint-Victor (1805-1870), padre de la fotografía en cristal,
y al artista Luis Jacobo Mandé Daguerre (1789-1851), creador del
diorama y perfeccionador del invento de Niepce a tal punto que desde
1839 se llama daguerrotipo.
El daguerrotipo llega pronto a México.
Es tan fascinante como caro: cuesta de 2 a 16 pesos, según el tamaño.
Mme. Calderón de la Barca, esposa del primer embajador de España
en nuestro país, escribe a su madre en 1840: "un cocinero francés
percibe al mes unos 30 pesos, un ama de llaves de 12 a 15, un mayordomo
cerca de 20, un lacayo 6 ó 7...".
Tan alto precio no es exclusivo
de nuestro país. Retrasa la generalización de la fotografía hasta
que en 1854 André Adolphe Disdéri patenta su sistema de reproducción
que la abarata gracias a que disminuye los grandes formatos y prescinde
de la placa metálica. Durante mucho tiempo el tamaño de 10 cm por
7.5 es el común. Recibe su nombre, carte de visite, de las tarjetas
de presentación entonces usadas, del doble de alto de las que hoy
son comunes.
Cuenta Arturo Aguilar Ochoa en su
extraordinario libro La fotografía durante el imperio de Maximiliano
(Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1996) que los primeros
personajes públicos que se valen de las fotos para hacerse célebres
fueron precisamente el emperador y su esposa, Carlota Amalia. Desde
que se inician las gestiones para que acepten el trono de México,
en 1863, sus retratos circulan profusamente por nuestro país. Después
de todo Napoleón III, el presidente Lincoln y la reina Victoria
ejemplifican el aumento de la aceptación de sus respectivos pueblos
al conocer su figura.
Maximiliano y Carlota son retratados
varias veces en México por François Aubert. De Miguel Miramón se
conocen diferentes fotografías y las del fusilamiento del emperador
recorren el mundo entero. Disdéri, excelente comerciante además
de fotógrafo, vende las fotos del suceso. El negocio es bueno. Compensa
los dos meses de prisión y los 200 francos de multa que le cuesta
romper la censura de Napoleón III. En cambio, Benito Juárez no es
afecto a las cámaras. Cuando regresa a la ciudad de México en 1867
ningún periódico acompaña las noticias de la restauración de la
república con su foto.